22 de Abril de 2018

Opinión

Malvinas,  tierra argentina

5 de Abril de 2018

Por Gonzalo Dinolfo

Gonzalo Dinolfo

Las luces de la ciudad fueron dando paso a los nervios y la ansiedad de ese viaje tan esperado, ese sueño de estar con el ser querido que custodia las Islas Malvinas.

El sonido de las turbinas anuncia el despegue, mientras los latidos del corazón piden a gritos llegar y las palabras, ahogadas en los ojos vidriosos por la emoción, dan paso a la felicidad del momento que vivimos.

Tan lejos pero tan cerca. En nuestra imaginación, regada por años escolares, esa porción de territorio nacional estaba muy, muy lejos en la inmensidad del mar. Crecimos tan equivocados, sólo un poco más de dos horas desde el aeropuerto de Ezeiza nos bastó para ver esa tierra añorada.

La brisa nos recibió como una caricia secando esas lágrimas que comenzaban a rodar por la pista. Imposible no emocionarse, estábamos en Malvinas, ese primer pie puesto en tierra fue como un golpe directo al corazón.

Recién comenzaba a asomar el sol que nos acompañaría durante todo la jornada y nuestros ojos se llenaban de esa pintura austral, con pastos dorados por la luz del día y colinas distantes que marcaban el rumbo.

Grabando cada segundo en nuestra memoria, recorrimos el camino en el transporte asignado a los grupos de familiares. Todos frente a esas ventanillas imaginando el paso de nuestros soldados, imaginando en nuestro interior el sonido aterrador de la guerra.

La tierra en suspensión dentro del vehículo lentamente nos abandona y como si fuera el despertar de un sueño, de pronto vemos la cruz principal del cementerio. Otra vez las lágrimas nublan la vista y la voz de una madre llamando a su hijo, perdido hace 36 años, nos destruye el cimiento de nuestra existencia.

El silencio majestuoso de la Isla pierde su calma ante el llanto de esa madre que contuvo más de tres décadas las ganas de abrazar a su hijo. La hermana menor de un soldado cubre con sus brazos la cruz que marca el lugar dónde su héroe hoy cumple su guardia por la Patria.

Casi sin darnos cuenta colocamos nuestras manos entre las piedras blancas y grises que cubren las tumbas, cerrando los ojos, imaginando ese abrazo contenido durante tantos años.

La angustia, el dolor, la tristeza del no saber qué sucedió dieron un paso al costado para que finalmente esa PAZ esquiva nos encontrara para vivir ahora en nuestra alma.

Era el turno de los recuerdos, fotografías del pasado que corrían sin parar dentro de nuestras cabezas. El llanto ahora se mezclaba con la sonrisa, en cada rincón casi podías oir el mismo comienzo en las conversaciones, “te acordás cuando…”. Porque esa era la forma de traerlos un ratito con nosotros.

Subiendo la colina del cementerio pudimos observar Goose Green, la playa dónde el PUNTALTENSE DANIEL MIGUEL a bordo de su avión AERMACCHI entregó su vida, cumpliendo con el deber al defender las filas del Ejército Argentino que eran asediadas por las fuerzas inglesas.

El orgullo hizo que mi pecho se hinchara, pero mi corazón se llenó de dolor y mis lágrimas nuevamente rodaron hasta caer en aquel terreno árido. Mezcla de sensaciones que se repetirían una y otra vez.

Como no emocionarse si estábamos en ese suelo tan querido, en ese lugar de la Patria dónde nuestros Héroes entregaron hasta el último aliento, dónde nuestros soldados lucharon contra el enemigo, el frío, el viento del mar, la soledad de un pozo de zorro esperando la caída de la moneda, cara o cruz, vivir o morir.

El viento de las islas nos apura para partir, pero queremos aferrarnos hasta el último segundo, ahora que los encontramos no queremos dejarlos.

Tanto tiempo esperando ir a las Malvinas, tantos años aguardando la respuesta al preguntar una y otra vez “¿dónde?. Al fin teníamos la respuesta que buscábamos, la misma que hoy buscan desesperadamente los familiares del ARA SAN JUAN.

El golpe del sello inglés sobre nuestro pasaporte nos devuelve a la realidad, el avión nos aguarda para emprender el retorno. Pero aún retumba en nuestros oídos el grito de ¡¡VIVA LA PATRIA!!, ese grito de libertad que dejamos junto a nuestros ETERNOS CENTINELAS.

El silencio se apodera del avión, es que a través de la ventanilla podemos divisar la silueta de las Islas, el estrecho San Carlos y un mar azul que se funde con el blanco de las nubes en el horizonte. Fue en ese instante que pude comprenderlo, “NI DE AQUELLOS HORIZONTES NUESTRA ENSEÑA HAN DE ARRANCAR” … nuestra bandera sigue cubriendo las Islas.

Ahora al cerrar los ojos podía volver a Malvinas, sentía en mis manos la tierra, en mi rostro la brisa y podía oir el silencio abrumador sobre la colina. Pisar la tierra y rendir honores a NUESTROS HÉROES fue un regalo de Dios, un capítulo que se cierra en este libro tan sentido por nuestra nación, MALVINAS ARGENTINAS, que habla de esperanza, de orgullo y de dolor.

Por Gonzalo Dinolfo

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